domingo, 4 de septiembre de 2016

“Chicos malos”, teatro con nada de rouge pero sí mucha purpurina

Para el autor de “Chicos malos”, la seducción son cuerpos lindos, algunos faltos de cerebro y otros llenos de sensibilidad. Y está bien que así sea porque habla de seducción y no de amor; si no, sería tildado de vacío y todo lo contrario. Su autor y en este caso también director, llena de contenido lo superficial. Qué podría interesar lo que dice un hombre semi desnudo. Y sin embargo, los testimonios de estos siete strippers y un pseudo colorado (e intruso) sacados recién del Golden, nos deja pensando mucho.

“Chicos malos” es una obra que nunca terminará, con falsas coreografías, repuntes de vedetismo y un líder vehemente que todo lo superviza con una lupa tan gigante como su machismo. Porque el machismo es algo inherente al hombre, sea cual sea su gusto sexual. Si fuesen todos más dóciles, seguramente su final sería con una obra de teatro dentro del teatro. Pero los aires de divos de la mayoría de sus integrantes, dejan en claro lo que su autor nos indica con su concepto de “teatro roto”.

Todo podría resumirse en el vuelo danzístico que hace Emmanuel Martinez en su intención de prosperar a tanta chatura o rivalidad. La cuestión es que ambos polos se neutralizan y todo se pulveriza.

Las actuaciones son muy concretas, esa línea entre no saber si actúan o si son ellos, esa mezcla de deschave personal con monólogo de clase de stand up. Gabriel Gavila nos confunde, nos erotiza, nos conmueve y nos pervierte. El público masculino quedará absorbido por lo que está mirando; nosotras, las mujeres, idealizando cuerpos que son reales en la superficialidad, irreales en lo que necesitamos para nuestras vidas.

Sin vestuario, pero con coreografías pensadas, “Chicos malos” tiene momentos de capoeira que hacen a la cuestión física. Todo se lleva al máximo nivel de dicción: los gritos retumban, los golpes asustan y los desnudos son totales. La situación del papel film donde dejan a un hombre como un pedazo de carne en el supermercado, es grandiosa. Cierto, quisiéramos comprarlo y llevárnoslo.

Excluido por completo al universo femenino en su perspectiva, en el sentimiento de Gabriel Gavila nosotras seríamos sólo los lazos sanguíneos o amistosos. Como otrora decían en los hoteles, una obra Gay Friendly, pero que incluso bucea en la testosterona y ánimos febriles masculinos, que nos interesa por completo. Porque el hombre razona como hombre y ante su deseo, hierve como hombre.

La presente crítica es propiedad exclusiva de Natalia González para Teatro con Rouge.

 

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